
Una vez me dijo un hombre de esos que pintan por las Ramblas con un pelo blanco más largo que el mío multiplicado por 3, con su caballete y todo, que todo el mundo puede ser pintor. Que no lo decía él, que lo decía un tal Beuys. Yo me lo apunté enseguida porqué los nombres raros hay que apuntarlos: onomatopeya, mandril, cáspita, clavicordio…vale, ya paro.
Yo me lo tomé al pie de la letra. Me encantan los colores, hay muchos, más que dedos en los pies y las manos juntos. A veces me gusta colorear, intentar ir despacito y no salirme de los bordes del dibujo de mi libro de actividades de minimusica. Otras veces todo lo contrario, me gusta salirme de los bordes un poco y no pasa nada tampoco.
Una vez la profesora del cole me hizo la típica pregunta de ¿Qué prefieres, pintar o escuchar tus discos Belize? Era casi peor que me preguntara eso, que la torturadora cuestón de a quién quieres más si a papá o a mamá. Le dije que dependía del día, pero que las dos cosas me ponían de buen humor. Si dibujo se me pasan las nubes negras de la cabeza, esos pensamientos relacionados a los deberes y las preocupaciones. Si dibujo un elefante oigo su sonido en mi cabeza. Y pinto una trompa que es una ducha a la que le sale una trucha que es de chocolate y se lo come un niño en África que está gordito y feliz y que está subido a una increíble montaña rodeada de arcoirirs. Y si quiero le pinto más de uno, de tres o de seis. Y así podría seguir, como con las palabras raras o mis cds de minimúsica o como con las galletas y los bizcochos. Esas cosas que da igual que tengas mi edad o cien. Me gustarán siempre.
Psst! Me gusta Beuys aunque dibuja más raro que yo.