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El blog de Belize

“¡No te rasques, Candela!”

Candela, Martina y yo salimos del colegio temprano. Nos dirigíamos a comprar algo de merienda al horno de la plaza que nos pilla de camino a casa. Candela estaba más callada de lo habitual y miraba el suelo todo el rato.  Al principio pensaba que  estaría nerviosa por el concierto de presentación del disco de “Los Animales”, pero había algo más.

Martina no dejaba de hablar de que su tía le iba a enseñar a hacer una tarta con melocotones y que nos iba a enseñar a nosotras también. En clase habíamos aprendido que la bollería industrial, que es esa que está dentro de bolsas de plástico, no es buena para la salud de los niños. Si lo piensas bien, todo lo que sale de una bolsa de plástico no puede ser muy bueno. Sin embargo, los mayores se empeñan en meterlo todo en bolsas de las que luego no se pueden deshacer.  No lo entiendo mucho.

Pero yo no apartaba la vista de Candela, me tenía más que mosca, moscardón. Hacíamos cola en la panadería del Sr. Dolnut; estaban Roc, Liu, Leandro y Cásper. Todos hacíamos cola –que quiere decir que todos chillábamos diciendo lo que queríamos a la vez–. Entonces, el Sr. Dolnut, el panadero,  nos dijo levantando la mirada: “¡Silencio!”“Pequeña creo que no deberías rascarte la cabeza así.”  De repente todos los chicos se giraron a mirarla. Candela, a quien no le gusta que la llamen pequeña y mucho menos que le digan lo que tiene que hacer, colocó bien sus gafas y dijo: “yo me voy a casa”. Yo sabía que sendas lágrimas como mondas de naranja caerían por su cara. Nos conocemos bien, son muchos años de pegar chicles debajo del pupitre.

Nos quedamos Martina y yo con un pam de nas, que quiere decir plantadas. Y comenzó a llover así que decidimos irnos a casa. Cuando entraba por la puerta Candela estaba sentada en el sofá. Supe en ese momento que realmente algo gravísimo pasaba. “Tengo…” Buaaaaa! Sollozos. “Te-Te-Tengo…” “Te-Tengo…” por fin acabó la frase. “Tengo piojos, Belize” Los he mirado en internet y son realmente feos de verdad. Son unos bichos con pelos por todas partes y tenacillas. Y movía sus manos para explicarse mejor.

Yo estallé en carcajadas. Hace poco, en colonias, yo tuve piojos y allí nos pusieron a todos un gel en el pelo que no olía a rayos y que los quitó en quince minutos. Mi madre, que oyó la conversación, me sonrió, es cotilla de naturaleza, no lo puede evitar. Candela se tranquilizó. Fuimos juntas a la farmacia y compramos el elixir asesino de los piojos. Así acabó su historia y empezó un fin de semana con todos sus minutos y todas sus horas y sin picores.

 

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